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¿Puede la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina enseñarnos algo sobre el presente?

  • Foto del escritor: Unidos por la Paz Alemania
    Unidos por la Paz Alemania
  • 2 dic 2025
  • 12 Min. de lectura

Los historiadores solemos desconfiar de aquéllos que consideran que es posible extraer lecciones del pasado para intervenir o, en el mejor de los casos, hacer comparaciones directas con nuestro presente. Políticos y periodistas de todas las orillas suelen fascinarse con este tipo de instrumentalización de la historia. En el caso colombiano, escuchamos repetir –tras el infausto atentado contra Miguel Uribe Turbay– que: “Colombia está en la misma senda de los años ochenta”, “hemos vuelto a los tiempos de Pablo Escobar”, “Colombia regresa al pasado”; y otros titulares por el estilo.


El presidente Gustavo Petro ha hecho lo propio con referencias constantes al siglo XIX para justificar algunas de las decisiones que ha tomado en política internacional en los últimos meses e, incluso, ha usado la historia para representarse a sí mismo como un continuador de las luchas hemisféricas por la independencia. Mientras tanto, en el léxico popular sigue siendo común escuchar que “quien no conoce su pasado está condenado a repetirlo”. La historia aparece por todas partes, mientras los historiadores ocupan un lugar cada vez menos visible en los debates públicos.


En buena medida, la retirada de los historiadores, así como su desconfianza sobre la posible utilidad de la historia en el presente, ha dado vía libre no solo al posicionamiento de falsedades sino a la reproducción de planteamientos parcialmente ciertos, pero monolíticos y rígidamente dicotómicos. Parte de la desconfianza de los historiadores hacia los usos públicos de la historia (que en este caso es sinónimo del término pasado) tiene que ver con la convicción de que la historia NUNCA se repite. Esto ha hecho que muchos historiadores se abstengan, por temor a caer en comparaciones fáciles, de intervenir en los debates de coyuntura política.


De hecho, a nivel político, los historiadores solemos conservar una profunda convicción que está enraizada en la modestia epistemológica de la propia disciplina: dado que la historia no se repite, es imposible que pueda ofrecernos lecciones o rutas de acción bien definidas que podamos seguir en harás de propiciar o evitar una situación social determinada. Las condiciones históricas y políticas de una época son irrepetibles, nuestro pasado está más colmado de accidentes que de lógicas completamente discernibles.


¿Pero si la historia no nos enseña lecciones por qué la seguimos estudiando? ¿puede enseñarnos algo más? ¿podemos extraer algo más de su estudio riguroso? En últimas, ¿puede el pasado decirnos algo sobre nuestro presente? Edward Palmer Thompson, el famoso historiador británico, planteó el problema de la siguiente de manera: “Porque el pasado no está sencillamente muerto, inerte, ni es confinante; lleva también signos evidencias de recursos creativos que pueden sostener el presente y prefigurar posibilidad.” El pasado no puede aleccionarnos y es posible que conocerlo no evite desenlaces trágicos similares a los que ya vivimos en el pasado, pero sin duda puede invitarnos a ser más creativos con nuestro presente, recordarnos las largas temporalidades en las que se encuentra alojada nuestra acción política actual, establecer tendencias e identificar patrones que pueden orientarnos en un mundo que seguirá siendo fundamentalmente abierto e impredecible.

Las circunstancias políticas actuales, las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, nos invitan a mirar con cuidado nuestra historia como latinoamericanos, comprender los matices y, por encima de todo, seguir reivindicando la autonomía de los actores nacionales. El poder imperial estadounidense por supuesto que existe, pero nunca ha sido omnímodo. Observar matices, contingencias, grietas y autonomías puede contribuir a imaginar rumbos e intervenciones políticas posibles en nuestro presente; o, en las palabras poéticas de Walter Benjamin, “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo ‘tal como verdaderamente fue’. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro.”


¿El tío Sam en su patio trasero? Un breve comentario en torno a las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.


Solemos recordar bastante bien la doctrina Monroe, bautizada así tras ser promulgada en 1823 por el presidente James Monroe. A menudo, nos referimos a la sentencia que la hizo famosa: “América para los americanos.” La presencia de los Estados Unidos en la región suele asociarse a un intervencionismo constante en los asuntos internos para privilegiar opciones conservadoras que obstaculizan salidas transformadoras; los estadounidenses han promovido sus intereses primero en nombre de la libertad de las nacientes repúblicas y, posteriormente, en nombre del anticomunismo, la democracia o la lucha contra las drogas.

Sin embargo, a menudo estas acciones imperiales nos hacen olvidar del lugar decisivo que han ocupado los propios actores locales en estos procesos de intervención. Los historiadores han desarrollado el concepto de imperio por invitación para señalar el protagonismo que tuvieron las élites nacionales a la hora de promover la invasión de poderes imperiales considerados superiores política y culturalmente. Por ejemplo, en la Nicaragua del siglo XIX, los políticos del Partido Liberal, con su profundo desprecio de la población indígena y afrodescendiente que pretendían gobernar, consideraron que era mejor tener un estadounidense que diera forma a las instituciones que hasta ese momento habían sido capaces de desarrollar. William Walker, y su grupo de filibusteros, como pasaron a ser conocidos, gobernó el país centroamericano entre 1854 y 1857. Su gobierno contó con un notable apoyo popular en los Estados Unidos (aunque no con la aprobación inicial del gobierno norteamericano) y con el apoyo decidido de una buena parte de las élites políticas y religiosas nicaragüenses.


Esta ha sido una constante histórica de las élites liberales y conservadoras. La solicitud de apoyo, brindado en ocasiones de manera velada, y otras tantas de manera explícita, ha impulsado y legitimado la intervención estadounidense en la región. En este sentido, y como lo repetiré a lo largo de esta intervención, las élites nacionales no han sido meros títeres o marionetas del imperialismo estadounidense; por el contrario, ellas han sido protagonistas activas que en ocasiones también han delimitado el alcance de las intervenciones y, en otras tantas, han pasado a verse prisioneras de las propias fuerzas que en principio invitaron. En el caso nicaragüense, las élites liberales terminaron viéndose desplazadas de los lugares de dominio que habían ocupado y lo que en principio era una invitación temporal, terminó por convertirse en un proyecto colonial. Walker desplazó a las élites que lo habían apoyado y reinstauró la esclavitud, lo que terminó por conducirlo a la derrota.

De hecho, la intervención imperial encabezada por Walker produjo la unión temporal de varios países –Costa Rica, El Salvador, Honduras y Guatemala– para crear un ejército centroamericano que combatiera y expulsara a las fuerzas filibusteras, restituyendo la soberanía nacional de Nicaragua. Como es obvio, esta unidad no se produjo de forma natural. Incluso antes de la unidad, Costa Rica ensayó una intervención que terminó en derrota. Las condiciones internas de Estados Unidos también eran particulares, estamos hablando del periodo previo a la Guerra Civil, los actores políticos tenían un margen de acción limitado y estaban preocupados por las tensiones que sucedían en el sur del país, razón por la cual no tomaron un rol activo en defensa de Walker y sus connacionales una vez expulsados.


En el marco de la Doctrina Monroe, también existieron casos que nos dan cuenta de cómo la intervención de fuerzas oficiales de los Estados Unidos –y no de mercenarios como fue en el caso de los filibusteros– puede crear condiciones adversas en el largo plazo para el imperialismo norteamericano. La intervención estadounidense en la guerra de independencia cubana, por ejemplo, no fue solicitada. Estados Unidos intervino y reclamó la victoria como propia lo que, de acuerdo con Louis Pérez, proporcionó una parte tanto de la justificación moral como del antiimperialismo popular que condujo al éxito de la revolución cubana en 1959. La Enmienda Platt, la ocupación de la isla y su constante tutelaje entre 1901 y 1934 creó un resentimiento constante de parte de los cubanos lo que le dio legitimidad al proyecto antiimperialista que impulsó la revolución cubana.


La Enmienda Platt fue derogada en 1934, apenas un año después de la entrada en vigor de la Política de Buena Vecindad o del Buen Vecino. A menudo los latinoamericanos solemos olvidarnos de esta política ideada bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt y la cual tenía como telón de fondo los conflictos que se cernían sobre Europa y que terminarían desembocando en la Segunda Guerra Mundial. Distintos países latinoamericanos sacaron provecho de la política internacional de Roosevelt para la región, aunque sin duda el caso de México es el más destacado. El presidente Lázaro Cárdenas impulsó una política educativa abiertamente socialista, nacionalizó la industria petrolera expropiando compañías estadounidenses y ofreció asilo político a republicanos españoles y socialistas tan reconocidos como León Trotsky. Asimismo, países como Brasil tuvieron gobiernos nacionalistas como el de Getulio Vargas, mientras otros como Chile avanzaron en la construcción de Frentes Populares que contaron con la participación de comunistas y socialistas en altas posiciones de gobierno.


Lo anterior, no quiere decir que Estados Unidos hubiera abandonado sus ambiciones imperiales. Países tan autoritarios como la Nicaragua de Somoza o la Republica Dominicana de Trujillo seguían contando con Estados Unidos como aliado, pero también es innegable que la política internacional había cambiado y que esta situación había abierto nuevas posibilidades para le experimentación política. Esto fue así al menos hasta la llegada de la Guerra Fría.


¿Qué puede decirnos hoy la Guerra Fría?


El inicio de la Guerra Fría dejó a América Latina, al menos en principio, en un lugar secundario. Los esfuerzos estadounidenses por contener la influencia soviética se concentraron en un primer momento en Europa y posteriormente se desplazaron a Asia. Al menos entre 1944 y 1948, América Latina experimentó un florecimiento democrático que extendió algunos de los experimentos reformistas que se habían posicionado en los años treinta. En Guatemala llegó al poder Juan José Arévalo, en Argentina el general Juan Domingo Perón inició un ambicioso programa que incluía promoción del sindicalismo y la incorporación de millones de personas al mercado nacional. En distintos países del continente, los movimientos laborales avanzaron algunas de sus demandas y los partidos de masas siguieron creciendo con evidentes posibilidades de llegar al poder.


Sin embargo, entre 1947 y 1948 las élites nacionales reaccionaron a los esfuerzos democráticos que amenazaban su posición política y económica. Al mismo tiempo, Estados Unidos desmantelaba la política del Buen Vecino, para los estadounidenses comenzó a ser más claro que era necesario ocuparse de su órbita de influencia. Lo que vale aquí destacar una vez más, es que existió un periodo en el que las fuerzas progresistas nacionales lograron marginar las élites conservadoras, pero esto fue posible, al menos en parte, gracias a las condiciones internacionales con las que contaron; en otras palabras, gracias a un Estados Unidos más dispuesto a respetar los procesos políticos locales. Justamente, ambos procesos sufrirían dislocaciones en todo el continente.


La intervención de la CIA en Guatemala marcó para muchos el inicio de le Guerra Fría. Desde ese momento, Estados Unidos no dejaría de intervenir en los procesos políticos nacionales. Estas intervenciones irían desde la invasión de países con marines estadounidenses como fueron los casos de la Republica Dominicana en 1965 y Panamá en 1989; hasta acciones de financiación y propaganda encubiertas como las promovidas por la CIA en las elecciones chilenas de 1964, las cuales resultaron cruciales para la victoria del demócrata cristiano Eduardo Frei. Todas estas acciones no fueron solo voluntad del gobierno estadounidense; como he venido señalando, las élites nacionales jugaron un papel determinante, particularmente en las acciones que no involucraron el desembarco de tropas.

A pesar de lo adverso de la situación geopolítica y la imposibilidad de escapar por completo a las lógicas de la confrontación bipolar, vale la pena subrayar que los proyectos políticos progresistas encontraron formas nuevas –aunque no siempre exitosas– para desafiar a los protagonistas nacionales e internacionales de este giro conservador. La revolución cubana triunfó y Salvador Allende asumió a la presidencia en noviembre de 1970. El triunfo de Allende sucedió justo en medio de un periodo de la Guerra Fría conocido como Détente durante el cual los Estados Unidos y la Unión Soviética buscaron reducir la confrontación y encontrar salidas diplomáticas que les permitiera una convivencia pacífica. La lectura de Allende y su equipo fue que este momento representaba una oportunidad privilegiada para avanzar con la Vía chilena al socialismo. Los representantes de la Unidad Popular trataron de obtener apoyó interamericano, formar un bloque de relaciones regional que les permitiera tener influencia en la región para dificultar la intervención estadounidense; Brasil, sin embargo, representó la principal oposición a este proyecto y se convirtió en un soporte decisivo del golpe dado por Pinochet en 1973.


Los chilenos jugaron con creatividad en un terreno internacional lleno de constreñimientos y obstáculos, experimentaron con caminos que no habían sido transitados y aun así fracasaron. El caso chileno no nos da, insisto nuevamente, ninguna lección directa, algo contrario a lo que la izquierda durante muchos años ha querido extraer de esta experiencia histórica. No es cierto que cualquier tipo de transformación profunda que no se defienda con las armas está condenada al fracaso en América Latina. El caso chileno, más bien, debería inspirarnos para tomarnos muy en serio la imaginación política, por un lado y, por el otro, observar con atención los movimientos que desarrollan otros países de la región. Estos pueden terminar siendo más decisivos en el resultado final de lo que usualmente advertimos.

Durante la Guerra Fría la experimentación política también fue posible en países cuya cercanía con los Estados Unidos lo harían en principio impensable. El caso de México no deja de ser sorprendente en ese sentido. Los mexicanos nunca renunciaron en su apoyo diplomático hacia Cuba y los distintos líderes del PRI que ocuparon la presidencia intentaron posicionarse a nivel internacional como aliados –e incluso líderes– de los países del Tercer Mundo en el movimiento de los no-alineados. México continuó también con un proceso de industrialización robusto, si se compara con otros países de América Latina, y siguió dando asilo político a los líderes de izquierda de la región. Por supuesto que esto vino a expensas, como han mostrado insistentemente los historiadores mexicanos, de la represión de la disidencia interna y de la colaboración con la CIA en materia de espionaje. Aun así, vale la pena siempre recordar que entonces, tanto como hoy, la historia seguía siendo un lugar de experimentación abierto, aunque con sus límites.


Finalmente, es importante subrayar la ruptura que existió entre la política del buen vecino y la política internacional desarrollada por los Estados Unidos durante la Guerra Fría. Comprender la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina solo desde las continuidades puede contribuir a ignorar las ventanas de oportunidad que se abren con gobiernos que, si bien no amistosos, no son decididamente hostiles a la experimentación política de carácter reformista. Es justamente este último aspecto el que suele ser más ignorado por la izquierda y el que, a mi juicio, puede tener el impacto más negativo en las acciones tanto de gobiernos reformistas como de los militantes de base de la región.

Conclusiones


A menudo desde la izquierda solemos interpretar nuestro pasado con categorías muy rígidas ancladas en nuestra tradición intelectual; otras, pasamos el presente a través del prisma de un pasado que nos impiden ver con claridad los matices, las posibilidades de acción y lo que tiene de nuevo nuestra situación. El pasado no puede enseñarnos lecciones, pero conocerlo mejor puede iluminar algunos de los puntos ciegos desde los cuales seguimos actuando, en otras ocasiones, puede inspirarnos a partir de luchas, estrategias o símbolos que considerábamos olvidados o perdidos. Pero, sobre todo, la historia debería alertarnos frente al deseo de emular. con las mismas herramientas del pasado, las luchas del presente. Posiblemente sea Marx quien mejor lo advirtió tras haber vivido una de las coyunturas decisivas del movimiento obrero europeo:


“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.”


Por el lado de la izquierda, debería bastar con recordar que Petro no es Allende y Venezuela no tiene ninguna Playa Girón. Las condiciones más favorables que pudo haber experimentado Petro en sus primeros dos años de gobierno gracias a la ausencia de una hostilidad abierta de parte del gobierno de Biden han terminado. Los riesgos ahora son muchos y requieren ir más allá de la lógica sacrificial y heroica que predominó en los años sesenta. Las ejecuciones extrajudiciales que han tenido lugar en el mar Caribe y el océano Pacifico revelan la cara de un Estados Unidos nuevamente dispuesto a intervenir, incluso a invadir, América Latina. Recientemente, la profesora Marcela Anzola consideraba esa como una de las tantas posibilidades sobre la mesa:

“Intervención en Colombia con el consentimiento del Estado colombiano. En este caso, se trataría de una “intervención por invitación”. Sería legal si el gobierno colombiano la autorizara mediante un tratado o un acuerdo formal, aunque, políticamente, implicaría un alto costo para la región. El precedente del Plan Colombia muestra que la cooperación militar con Washington genera dependencia y tensiones diplomáticas, aun cuando fortalezca las capacidades estatales.”


Mientras escribo estas líneas, en uno de los países vecinos de Nicaragua, Honduras, el presidente Trump (¿otro filibustero?) ha intervenido de manera directa en las elecciones que tendrán lugar este domingo 30 de noviembre; primero, apoyando el candidato conservador a las elecciones, Tito Asfura; segundo a través de la liberación del expresidente Juan Orlando Hernández quien, junto a su hermano, había sido condenado por traficar droga a los Estados Unidos. Como lo he reiterado en esta intervención, la historia no se repite, aunque eso no evita que distingamos ciclos. El historiador Greg Grandin ha afirmado en sus libros que la historia de América Latina, y particularmente la Guerra Fría en la región, se ha desarrollado a partir de una dialéctica entre revolución y contrarrevolución; actualmente, la región parece estar acercándose a un nuevo periodo donde las alternativas democráticas comienzan a estrecharse. Necesitaremos de buenas dosis de creatividad y acción colectiva para conseguir revertir un proceso que, como todo aquello que transcurre en el dominio de lo humano, no es inevitable.



*Este artículo fue material de discusión y conversación en el evento de Conversación de Diásporas en Berlin el 29.11.2025




 
 
 
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